domingo, 31 de enero de 2010

Mercenario en Afganistán *

15 de mayo. 50 km al norte de Kabul, Afganistán, en un improvisado campamento militar de mi división. Son las tres de la tarde y, aunque ya ha pasado la hora de comer y no haya tomado nada, tengo hambre. Por eso me veo dirigiéndome hacia la cantina, donde algunos voluntarios afganes sirven comida a cualquier hora. Como ya es tarde no encontré a ninguno de mis camaradas sentados en una de las largas mesas de madera toscamente talladas. Mis botas estaban recubiertas por una fina película amarillenta del polvo, pero ya a estas alturas estaba acostumbrado: éste maldito polvo desértico cubre cualquier cosa, tanto se mueva como si no. Me acerqué al puesto de comida, donde cogí una bandeja, un plato, un vaso y unos cubiertos y me sirvieron un asqueroso potaje tradicional mientras que saludaba al moro que me lo servía.

-Hola, Abdul, ¿cómo está tu puta madre?

Obviamente no me entendía. Eso era gracioso, porque podíamos insultarlos a nuestras anchas y reirnos como imbéciles. Sospecho que ellos harán lo mismo conmigo, pero poco me importa. Yo tampoco entiendo su lengua ni me interesa entenderla, ya que dentro de unos meses estaré de vuelta a casa. Mi casa... Ese pequeño piso hipotecado que tengo en el barrio de la Cruz en Sevilla, donde me esperan mi mujer y mi niña de siete años. Mi pobre hija. No tiene ni puta idea de lo que estoy haciendo aquí, por mucho que se lo explique, aunque si he de ser sincero, yo tampoco. De hecho nada tiene sentido. Ésos eran mis verdaderos pensamientos, mientras que mojaba mi duro pan en el potaje y hacía esfuerzos por vomitar cada vez que mi lengua degustaba esa mezcla de verduras raras.

Odio mi trabajo. Es una puta mierda. Aún recuerdo cuando me alisté en ésto del ejército, hace cinco años. Suspendí una vez el exámen para entrar en Ejército español debido a los nervios, pero en la segunda convocatoria de enero aprobé, hice la instrucción fácilmente y me destinaron aquí. La primera noche en el cuartel de Ronda tuve miedo. Supongo que pensaría que todo este rollo sería idéntica a la película 'La Chaqueta Metálica': compañeros frikis estúpidos, arduas pruebas de entrenamiento, un instructor que te hace la vida imposible... Pero no fue así. En seguida sintonicé con mis compañeros y la vida no era tan mala. Sin embargo, pasados dos años después de la instrucción me di cuenta de que ésto de ser soldado es aburrido. ¿Por qué no lo dejé entonces? No lo sé. Quizá fuera para escapar de la vida real: mantener una hija de cuatro años junto a su madre estando yo allí era insoportable. Así que aquí estoy, haciendo el pollas en una guerra donde mi mierda de país no pinta nada.

Mientras estos pensamientos deambulaban por mi mente, Abdul, el que me sirvió mi comida, se acercó a mi. No le quise prestar atención a ese bastardo, pero bien raro me parecía que se acercara a mi. Sin embargo, lo verdaderamente curioso es que desde ese momento no recuerdo nada, hasta que me desperté, y videé una visión horrible en medio de mi confusión: me encontraba en una cama de hospital y la luz azulada me iluminaba mi desgarrado torso. Sólo podía ver eso, porque era lo único que tenía. Aunque sentía mover mis dedos de la mano izquierda, por mucho que mirase no lo veía. Un grimoso muñón reemplazaba todo mi brazo. Miré a la derecha y lo mismo: brazo amputado. Afortunadamente conservaba mis piernas, pero prefería no adivinar en qué estado. Por lo menos veía el bulto que hacían debajo de la blanca sábana.

Nada tenía sentido.


----------------------------------------------------------------------------------

* El título está basado en el tema 'Mercenario en Irak' de Lendakaris Muertos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario