sábado, 24 de octubre de 2009

Autopesimismo ficticio, pero muy real.



Sal un día a la calle y dime qué ves. No me refiero a una calle de un suburbio londinense, si no a una gran avenida comercial del centro urbano de la ciudad más rica que conozcas. Anda entre la multitud y observa a todos tus lados y dime, ¿qué ves? Miseria, hambre, soledad, suciedad y putrefacción. En la calle no hay más que eso, aunque todo sea luminoso, brillante y rebosante de alegría... de una alegría disfrazada. Observa sus caras. Todas caras grises, sin una chispa de sentimiento en sus ojos, sin ninguna señal que exprese "hola, soy una persona". Incluso cuando ríen fuerzan una sonrisa sin fundamento, dejando ver sus dientes perfectos y relucientes. Andan con bolsas repletas de ropa nueva y de trastos inútiles, delatando su miseria. Tienen tanto dinero que se volvieron pobres hace mucho tiempo. Tienen hambre de vitalidad: el egoismo les consumió. Están rodeados de gente igual, que comparte sus mismos gustos, sus mismas tradiciones y su misa manera de pensar pero, sin embargo, están solos. No confían en nadie y nadie confia en ellos. Se sienten solos porque no conocen a nadie, incluso estando en una multitud de seres grises. Se sienten sucios, porque la duda, la envidia y las responsabilidades les carcomen por dentro, robándoles lo poco que les queda de alma y de sentir. Forman parte de una gran masa oscura que flota a la deriva entre bosques de hormigón y luces multicolores: las únicas luces que les da pinceladas de color a sus tristes vidas. Todo lugar por donde pisan está sumergido en un hedor de tecnología, de competitividad innecesaria, de ilusión en nada, de esperanza arrebatada, de tristeza sin consolación...

¿Y sabes qué es lo peor? Que tú y yo nos creemos diferentes, pero somos iguales...

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